Miguel de Cervantes, en un retrato atribuido a Juan de Jáuregui, sin que haya sido autenticado. /Foto Wikipedia



Porque te sé decir que, aunque me costó algún trabajo componerla, ninguno tuve por mayor que hacer esta prefación que vas leyendo. Muchas veces tomé la pluma para escribille, y muchas la dejé, por no saber lo que escribiría; y estando una suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría entró a deshora un amigo mío, gracioso y bien entendido, el cual, viéndome tan imaginativo, me preguntó la causa, y, no encubriéndosela yo, le dije que pensaba en el prólogo que había de hacer a la historia de don Quijote, y que me tenía de suerte que ni quería hacerle, ni menos sacar a luz las hazañas de tan noble caballero. Cap. VI En la Biblioteca de Alonso Quijano
(...) Lo mismo dijo el ama: tal era la gana que las dos tenían de la muerte de aquellos inocentes; mas el cura no vino en ello10 sin primero leer siquiera los títulos. Y el primero que maese Nicolás le dio en las manos fue Los cuatro de Amadís de Gaula, y dijo el cura: —Parece cosa de misterio esta, porque, según he oído decir, este libro fue el primero de caballerías que se imprimió en España, y todos los demás han tomado principio y origen deste; y, así, me parece que, como a dogmatizador de una secta tan mala, le debemos sin escusa alguna condenar al fuego. —No, señor —dijo el barbero—, que también he oído decir que es el mejor de todos los libros que de este género se han compuesto; y así, como a único en su arte, se debe perdonar. —Así es verdad —dijo el cura—, y por esa razón se le otorga la vida por ahora. Veamos esotro que está junto a él. (...) Pero ¿qué libro es ese que está junto a él? —La Galatea de Miguel de Cervantes —dijo el barbero. —Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención: propone algo, y no concluye nada; es menester esperar la segunda parte que promete: quizá con la emienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre. (...) En cierto modo, pues, es el personaje quien se inventa a su autor, que en efecto será llamado «el sabio Cide Hamete Benengeli» (I, 15, 159). «Cervantes», lleno de gozo, se apresura a comprar el manuscrito, contrata la traducción del mismo con el morisco y aun se lleva a este a su casa para que apresure su tarea. A partir de aquí, la disposición del relato ya no variará en lo que resta de la obra: hay un texto inicial en árabe, que es traducido por un morisco y nos es luego transmitido por el segundo autor, que se supone que asume el papel de editor y a veces introduce breves comentarios. Después de una referencia a que el manuscrito original tenía ilustraciones, de las que no se vuelve a hablar, y tras un apunte humorístico sobre la condición mentirosa de los árabes, lo que no obsta para que su historia sea verdadera —se inaugura así una larga serie de reflexiones sobre la fiabilidad de lo narrado y, por tanto, del narrador mismo— (...) Como se puede observar, las aventuras del protagonista en este capítulo ocupan apenas dos páginas. Todo el resto se dedica, pues, no a la historia de DQ, sino a la historia de la Historia de DQ. C. nos ofrece así una narración que no sólo cuenta unos hechos, sino que trata asimismo del proceso de cómo se han contado; ofrece una fábula, pero también el secreto de cómo estas se crean; inventa la novela moderna, pero a la vez la hace nacer sabia, consciente, reflexiva... y plena de humor.
A propósito de CIDE HAMETE BENENGELI
el poeta y traductor palestino-español Mahmud Sobh (1936-2022) , primer profesor universitario árabe en obtener una cátedra en España, profesor del Departamento de Árabe e Islam de la Universidad Complutense de Madrid, tradujo al español el nombre del 'primer autor' del QUIJOTE. La traducción del artículo aquí abajo
L’enigma sembra infine risolversi. Cide Hamete Benengeli fu, letteralmente, parola per parola, lo stesso Don Miguel de Cervantes |
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