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El corral de comedias de Almagro es el único que permanece activo tal como era hace más de casi cuatrocientos años. La herencia del teatro medieval, recluido en los templos o viajando de un pueblo a otro y de ciudad en ciudad, cambió su suerte cuando la Iglesia católica consideró la posibilidad de usar el fenómeno teatral para reforzar sus influencias y enseñanzas.4 De paso se atajaban las libertades y excesos propios del teatro callejero que tendía a mezclar en el repertorio la seriedad de los autos sacramentales o la popularidad de farsas y entremeses con piezas más atrevidas y una colección de bailes (graves y serios como el turdión o picantes como el polvillo y la zarabanda, además de otros como la pavana la chacona, la gambeta, la capona, o el popular zapateado) que solían provocar la ira de los eclesiásticos y algunos nobles. Finalmente, y con el apoyo del gobierno, se encontró un medio de control contando con la colaboración de un nuevo gremio: las cofradías. Los corrales madrileños fueron consecuencia —al menos en su aspecto administrativo— de la autorización decretada por Felipe II en 1565 para establecer con carácter permanente en Madrid unas cofradías que dispusiesen de edificios para la representación de comedias. (Wikipedia) El teatro en el Siglo de Oro conoció por otra parte un gran impulso y grandes cambios cuando, partir del Renacimiento, empezaron a definirse figuras profesionales, empresarios, actores y compañías, que cambiarían el teatro y su fortuna. En estos cambios influyeron las compañías teatrales de la commedia dell’arte, que vinieron de Italia y recorrieron España. Ellos introdujeron más allá de toda experimentación formal y novedad escénica, la capacidad de definir en términos de oficio y profesión los parámetros de una compañía dramática. La profesionalización de la compañía teatral se traducía en una estabilidad y un reparto de papeles oficial que no solo contribuía al orden interno de funcionamiento de la compañía, sino también, al prestigio y reconocimiento de sus actores, que podían ser reconocidos a partir de los papeles representados. Importante fue para el teatro español la introduccion de la figura del gracioso. Alberto Naselli (1540-1584), uno de los mejores capocómicos de la commedia dell’arte, estuvo en España junto a su compañía desde 1574 hasta 1584, y fue reconocido por el nombre de su máscara: «Zan Ganassa», el criado inteligente. Por otra parte, el nombre de «Juan» proviene casi por analogía folklórica o sonora de estos antiguos zanni o zan. Por tanto, teatros de diferentes países, influidos por la commedia dell’arte, adoptaron tal nombre para llamar a sus diferentes histriones. Por ejemplo, aparecen nombres como Jean Potage (Francia), Hans Wurst (Alemania), Ivanovska- Douratchok (Rusia) o Juan Rana (España). Lope de Vega (1562-1635), autor que instauró este personaje del gracioso en sus numerosas obras, sobre todo pudo obtener esta influencia de una figura en concreto: Arlequín. Esta máscara italiana está estrechamente relacionada con su personaje del criado bobo, tan utilizada por Lope en sus piezas dramáticas. |
El capitán Alatriste,
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| Reconstrucción gráfica del Corral del Príncipe en Madrid. |
De octubre a abril la comedia empezaba a las dos de la tarde, en primavera a las tres y a las cuatro en verano, para finalizar antes de la puesta de sol. Su duración estaba entre cuatro y seis horas.
-La estructura de una función era: Loa, primera jornada (acto), entremés, segunda jornada, jácaras o mojigangas, tercera jornada y baile final.




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